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As salamu alaikum wa rahmatul-lahi wa barakatuhu.

¡Nada hace que la verdad destaque con más claridad que la falsedad! Abracé el Islam seis meses después de que llegué a los Estados Unidos gracias a mi encuentro con el cristianismo.

Nací en India y crecí entre gente que adoraba a muchos dioses y diosas: los hindús. En cada calle y en cada esquina en India, encontrarás templos alojando ídolos de madera, piedra, marfil, y hasta de oro y de plata.

No provengo de una familia hindú. Mis padres no creen en Dios. Son ateos.

Ellos me enseñaron que no existe Dios. Cuando niña, creía lo que mis padres me decían. Los respetaba y creía que ellos lo sabían todo. Pensaba que eran perfectos. Al crecer, sin embargo, me di cuenta de que mis padres no lo saben todo. Ellos realmente no son perfectos y cometen errores.

En algún punto, muchas preguntas acerca de la vida comenzaron a surgir en mi mente. Estoy segura de que estas preguntas surgen en las mentes de muchas personas en un momento u otro:

¿Cuál es el significado o propósito de la vida? ¿Por qué el hombre se enfrenta con el problema de elegir entre el bien y el mal? ¿Por qué la gente muere? ¿Qué ocurre después de la muerte?

Mis padres no tenían las respuestas a estas preguntas.

Comencé a pensar de forma independiente y al final, después de meditar y reflexionar, ¡llegué a la conclusión de que Dios sí existe! De hecho, ¡Dios es la única realidad!

Existen un orden y una perfección en la naturaleza que no puede ser el resultado del azar.

Y no puede haber diseño sin un Diseñador, ni creación sin un Creador. Los seres humanos somos el producto de la creación, no del azar, de un accidente o de la evolución.

Para mí era obvio que solo hay un Creador. No puede haber más de uno ya que eso provocaría una división o grieta en el poder, y en consecuencia habría caos y desorden. ¿No hay un refrán que dice “demasiados cocineros estropean el caldo”?

Así que comencé a creer en Dios. También creí en la rendición de cuentas por mis actos. Nuestras acciones son las únicas cosas que podemos controlar. Nada más aparte de ellas está bajo nuestro poder.

Ya que Dios nos creó con la libertad de elegir lo correcto o lo incorrecto, era evidente para mí que importaba mucho lo que yo eligiera hacer o cómo decidiera actuar. Muy en el fondo sabía que un día tendría que rendir cuentas por todas mis obras. Dios tiene todo el poder, y Él tiene la habilidad de recompensar y de castigar. Entonces comencé a tener temor de Dios.

Creía en Dios, pero no tenía religión. Solía pensar que no importaba a qué religión perteneciera una persona, siempre y cuando esa persona fuera buena. Pero, hay algo que está muy equivocado en este tipo de pensamiento. En cualquier caso, no lo entendía entonces, y todo lo que me preocupaba era encontrar a un hombre temeroso de Dios para que fuera mi esposo. Siendo monoteísta, quería casarme con un cristiano, un musulmán o un bahaí.

Conocí a mi esposo bajo las circunstancias más particulares. Él era cristiano y era estadounidense. Nos habíamos conocido hacía apenas tres días. Pero él me propuso matrimonio. Pensé que era muy honesto y tenía su corazón lleno de temor de Dios. Nos casamos. Dos semanas después, él tuvo que regresar a los Estados Unidos. No pudo llevarme con él. Pasó un año y medio antes de que obtuviera mi visa para ir a los Estados Unidos.

Estados Unidos es muy diferente a India. Me tomó un tiempo ajustarme al estilo de vida estadounidense. Mi esposo era un cristiano muy devoto. Era miembro de la Iglesia Mundial de Dios. Leía la Biblia con regularidad y frecuencia, ¡incluso con fanatismo! Él solía observar el sábado y asistir a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Fui con él a la iglesia muchas veces. También leí la Biblia y encontré allí muchas cosas que apoyaban lo que yo creía acerca de Dios. Me gustaba el proverbio “el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría”. Conocí a mucha gente en la iglesia. Incluso hice muy buenos amigos. Estaba especialmente unida a una pareja mayor. Me gustaba mucho cómo estaban las cosas... hasta que fui a California a visitar a mis parientes políticos.

Fue mientras viajaba en el metro, camino a Los Ángeles, que algunas personas entraron al tren y pasaron unos trozos de papel a los pasajeros. Miré el pedazo de papel en mis manos y lo leí con total incredulidad. He conservado con mucho cuidado ese pedazo de papel. Esto es lo que decía: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”

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