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Crecí en los Estados Unidos en la década de 1980, mi conocimiento sobre el Islam era débil y mínimo. Mi padre nos enseñó a mi hermano y a mí a ser conscientes del mundo, a interesarnos en otras culturas y a leer mucho. En esa época, los medios de comunicación mostraban al Islam con base en la Revolución Iraní y el conflicto en Palestina. Los reportes sobre temas femeninos estaban limitados al tipo “No sin mi hija”. Aunque nunca vi la película ni leí el libro, mi entendimiento en aquel tiempo era que las mujeres musulmanas eran esclavas de sus esposos, que no había límite en el número de esposas rivales, que las esposas eran golpeadas o incluso asesinadas si daban a luz a una niña, y abandonadas si no parían rápidamente a un varón. La visión de mujeres con cubiertas negras completas, que nos hacían creer que eran muy pesadas y tenían muchas capas, incluyendo velos sobre sus rostros, atemorizaba a una chica criada en la era de Madonna y Cyndi Lauper. Además de estos problemas graves, en la escuela nos enseñaron que las mujeres de Oriente Medio no podían dejar sus casas y que vivían en pobreza extrema, compartiendo sus habitaciones con las esposas rivales y todos los niños, donde rara vez veían a sus maridos. En nuestra instrucción mínima y poco frecuente sobre la historia o la cultura del Islam, no se hacía distinción alguna entre las diferentes culturas de Oriente Medio y el Islam como religión. No tenía idea de que existían musulmanes que no eran árabes ni afroamericanos, y tampoco sabía que no todos los árabes son musulmanes.

Gracias a que mi padre me dijo que la mejor educación que jamás podría recibir era la educación que yo misma me brindaba leyendo, me convertí en una lectora crítica. Dediqué más tiempo en la biblioteca que en cualquier ambiente social, y leía tanto que cuando mis padres necesitaban castigarme, sabían que la única forma efectiva era decomisándome mis libros. Alhamdulillah, este amor por los libros ha permanecido conmigo y aunque nunca pensé que pudiera pasar, fue este amor el que me llevó hacia el Islam. Leí la Autobiografía de Malcolm X cuando estaba en quinto grado y aunque esto no abrió mi mente hacia el Islam, me negué a comer cerdo después de eso. Incluso si esto no causó un cambio profundo en mi forma de pensamiento, años después de di cuenta que plantó algo en mi mente y en mi corazón, sólo que no estaba lista para aceptarlo o para pensar mucho al respecto.

Con los años fui abusada, molestada y utilizada de diversas formas por mucha gente en mi vida. Esto me llevó a dejar la casa de mis padres cuando tenía 16 años. Mi hermano se quedó en casa luchando con sus propios problemas, incluyendo si participación en pandillas. Terminé la secundaria en el tiempo previsto y me fui a hacer mi propia vida, orgullosa de poder manejar tanta responsabilidad por mi cuenta. No pensaba mucho en Dios en esa época. Me involucré un poco con la Wicca (brujería blanca), pero sólo jugué con ella y ahora me doy cuenta de cuán bendecida fui al no causar daños mayores a mí misma ni a los demás con mis juegos. También comencé a tomar trozos de diferentes prácticas religiosas culturales, como la espiritualidad tradicional celta y de los nativos americanos (soy nativa americana e irlandesa) y el hinduismo y el budismo, sin entender realmente ninguna de ellas, ni conectarme correctamente con un Poder Supremo.

Llevé una vida bastante desenfrenada de sexo, consumo de drogas suaves, fiestas y discotecas. “Amaba” a todo el mundo y disfrutaba mi vida en cada manera hedonista que me era posible, sin preocuparme por mi futuro en esta Tierra ni en el Más Allá. Sufría también de depresiones severas; de hecho, las depresiones comenzaron cuando era muy joven, en parte debido a las restricciones que sentía que mis padres cristianos me imponían. En ocasiones tuve tendencias suicidas y fue solo por la gracia de Allah que mis intentos no causaron un daño permanente en mi cuerpo o mi mente.

Aunque mantenía una consciencia social y era la primera en apoyar todo tipo de causas, en realidad vivía de modo muy irresponsable. No podía mantener un trabajo de forma regular, vivía al diario y procuraba no preocuparme por nada. A pesar que vivía con muy poco, en realidad era muy materialista y egoísta. No hice nada realmente valioso para la sociedad y era una carga para mi familia y mis amigos.

Fue durante este tiempo que conocí a un compañero de pandilla de mi hermano y me involucré seriamente. Si bien debido a mi relación, mi hermano y su amigo dejaron la pandilla, aún había muchas pruebas esperándonos. Mi nuevo hombre tenía una adicción grave a las drogas, y yo no tenía suficiente experiencia para manejarla ni sabía qué hacer. Terminamos metidos en toda clase de problemas legales y nos escapamos a otro estado para evitarlos. En esos momentos toqué fondo, viviendo en el parque, cerca de la inanición, sufriendo abortos espontáneos y haciendo cosas por dinero que nunca pensé que haría.

Cuando regresamos a nuestro estado natal, mi novio fue arrestado y descubrí que estaba embarazada de nuevo. Por algún milagro de Al-lah, mi hijo era saludable y fuerte y pude llevar a buen término el embarazo. Entre tanto, mi hermano había estado en la cárcel y se había convertido al Islam, pero cuando lo liberaron se mudó a otra ciudad y no teníamos contacto. Después que nació mi hijo, vino mi hermano a visitar a la familia. Me contó mucho sobre lo que estaba aprendiendo, y me impresionó con los cambios a su personalidad y sus modales. Parecía que las restricciones del Islam eran algo muy bueno para él. Le habían diagnosticado (creo que correctamente) un desorden esquizoafectivo (esquizofrenia, incluyendo alucinaciones, con depresión profunda), pero desde su conversión no había mostrado síntomas y no necesitaba tratamiento. Mi hermano se había convertido en un hombre amable que hablaba suave; se vestía con ropas tradicionales y se trataba a sí mismo con mucho respeto. Compartió conmigo las bases del Islam y me sentí feliz de que hubiera encontrado esta creencia, pero no tenía interés en cambiar mi propia vida.

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