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Soy una mujer estadounidense que nació en medio del “corazón” de Estados Unidos. Crecí, como cualquiera otra niña, atraída por el glamour de la vida en “la gran ciudad”. Eventualmente, me mudé a Florida y a Miami South Beach, un sitio para aquellos que buscan la “vida glamorosa”. Naturalmente, hice lo que la mayoría de las niñas occidentales promedio hacen. Me enfoqué en mi apariencia y atractivo, basando mi propio valor en qué tanta atención recibía de los otros. Me ejercité con rigurosidad y me hice entrenadora personal, adquirí una residencia lujosa frente al mar, me volví una asidua visitante “exhibicionista” de la playa y pude lograr vivir una vida “con estilo”.

Los años pasaron, sólo para darme cuenta que mi escala de auto satisfacción y felicidad caía mientras más progresaba mi “atractivo femenino”. Era una esclava de la moda, una rehén de mi apariencia.

A medida que la brecha continuaba expandiéndose progresivamente entre mi autosatisfacción y el estilo de vida, busqué refugio escapándome en el alcohol y las fiestas, en la meditación, el activismo y religiones alternativas, solo para que la pequeña brecha se ampliara en lo que ya parecía todo un valle. Eventualmente, me di cuenta de que todo ello era tan solo un simple alivio del dolor en lugar de un remedio efectivo.

Como una feminista y activista que estaba persiguiendo un mundo mejor para todos, mi camino se cruzó con el de otra activista, quien estaba indiscriminadamente promoviendo causas de reforma y justicia para todos. Me uní a las campañas en curso de mi nuevo mentor, las cuales incluían, en ese momento, le reforma electoral y los derechos civiles, entre otras. Ahora, mi nuevo activismo era fundamentalmente diferente. En lugar de gestionar justicia “selectivamente”, sólo para algunos, aprendí que los ideales –tales como la justicia, la libertad y el respeto– están destinados a ser, y son en esencia universales, y que el bien propio y el bien común no están en conflicto.

Por primera vez supe lo que realmente significaba que “toda la gente es creada como igual”. Pero, lo más importante de todo, aprendí que sólo se necesita la fe para ver el mundo como uno y para ver la unidad en la creación.

Un día me encontré un libro que es negativamente estereotipado en Occidente: el Sagrado Corán. Hasta ese punto, todo lo que había asociado con el Islam eran las mujeres cubiertas como “carpas”, hombres que golpeaban a las esposas, harem, y un mundo de terrorismo. Al principio me atrajo el estilo y la aproximación del Corán, y luego me intrigó su visión de la existencia, la vida, la creación y la relación entre el Creador y la creación. Me pareció que el Corán tenía un agudo discurso al corazón y al alma, sin la necesidad de un intérprete o un pastor.

Eventualmente, tuve un momento de verdad: mi nuevo activismo autorrealizador no era nada más que simplemente acoger una fe llamada Islam, en donde podía vivir en paz como una musulmana “funcional”.

Compré una hermosa y larga túnica y una pañoleta para la cabeza, parecida a la ropa del código de vestimenta islámico, y caminé por las mismas calles y vecindarios por donde tan sólo unos días antes paseaba en mis pantalones cortos, bikinis o “elegantes” atuendos de negocios occidentales. Aunque la gente, las caras y las tiendas eran las mismas, una cosa era significativamente diferente: la paz de ser una mujer que experimenté por primera vez. Me sentía como si las cadenas se hubieran roto y estuviera finalmente libre. Estaba fascinada con las nuevas  miradas de extrañeza en las caras de las personas, en lugar de las miradas de cazador que observa a su presa que antes había buscado. De repente un peso había sido quitado de mis hombros. No gastaba ahora todo el tiempo comprando, maquillándome, arreglándome el pelo y ejercitando mi cuerpo. Finalmente, era libre.

De todos los lugares, yo encontré mi Islam en el corazón de lo que algunos llaman “el lugar más escandaloso de la tierra”, lo que lo hace aún más querido y especial.

Pronto, comenzaron a aparecer noticias acerca de políticos, clérigos del Vaticano, libertarios, y los supuestos activistas de los derechos humanos y la libertad condenando al Hiyab (velo de la cabeza) como opresivo para las mujeres, un obstáculo para la integración y, más recientemente, como un funcionario egipcio lo llamó, “un signo de retraso”.

Yo lo encuentro como hipocresía rampante cuando algunas personas, y los supuestos grupos de derechos humanos, se apresuran a defender los derechos de las mujeres cuando algunos gobiernos imponen un cierto código de vestimenta sobre ellas; pero tales “guerreros de la libertad” miran hacia otro lado cuando las mujeres están siendo privadas de sus derechos, trabajos y educación sólo porque escogen ejercer su derecho de usar el Hiyab.

Actualmente aún soy feminista, pero una feminista musulmana, que hace un  llamado a las mujeres musulmanas para asumir sus responsabilidades al proveer todo el apoyo que puedan dar a sus esposos para sean unos buenos musulmanes; para que críen a sus hijos como musulmanes rectos, y así, una vez más, puedan ser faros de luz para toda la humanidad; para que cumplan con el bien –cualquier bien– y prohíban el mal –cualquier mal–; para que hablen lo que es correcto y para que levanten su voz en contra de todos los males; Para que luchen por nuestro derecho de vestir el Hiyab y para que complazcan a nuestro Creador de la forma que prefieran. Pero, igualmente importante es transmitir nuestra experiencia con el Hiyab hacia otras mujeres, quienes tal vez nunca han tenido la oportunidad de entender lo que vestir el Hiyab significa para nosotras y por qué, tan amorosamente, lo hemos adoptado.

Voluntaria o involuntariamente, las mujeres son virtualmente bombardeadas con estilos de “vestir poco o nada” por los medios de comunicación en todas partes del mundo. Como musulmana conversa, insisto en los derechos de las mujeres para saber igualmente acerca del Hiyab, sus virtudes, y la paz y felicidad que trae a la vida de la mujer como lo hizo con la mía. Ayer, el bikini era el símbolo de mi libertad, cuando en realidad sólo me liberaba de mi espiritualidad y verdaderos valores como ser humano respetable.

No podría estar más feliz de dejar mi bikini en South Beach y el “glamoroso” estilo de vida occidental para vivir en paz con mi Creador y disfrutar de vivir entre mis semejantes como una persona digna.

Hoy, el Hiyab es el nuevo símbolo de la liberación de la mujer para saber quién es ella, cuál es su propósito, y el tipo de relación que desea tener con el Creador.

Para las mujeres que se rinden ante el horrible estereotipo en contra de la modestia islámica del Hiyab, yo les digo: ustedes no saben lo que se están perdiendo.

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