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El hecho de que el Islam difunde la violencia, es una de las alegaciones que repiten mucho algunos tendenciosos; puesto que sostienen que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) era un hombre violento quien amaba derramar sangre, que el Islam se extendió mediante la espada y que sus seguidores no lo abrazaron por voluntad y opción, sino por la fuerza y la coacción.

La verdad es que la esencia del Islam y la noticia de la historia desmienten esta calumnia, arrancándola de sus raíces. Abû Sufyân, el jefe de Qoraysh –que era un hombre que luchó contra el Profeta
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) durante largos años, y no creyó sino después de más de veinte años de oposición y aversión- dio el testimonio siguiente a favor del Mensajero de Al-lah (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él)): “He luchado contra ti, y qué buen luchador eras. Después, nos hemos reconciliado, y qué buen conciliador eres”[1].

Y en una regla principal clara en cuanto a la libertad de culto, pues Al-lah dice: “No hay coacción en la práctica de Adoración”[2]. Así que el Mensajero
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) –ni los musulmanes después de él- ordenaron a alguien abrazar el Islam por la fuerza, tampoco obligaron a la gente a fingir para huir de la muerte o la tortura; pues, ¡¿cómo podrían hacerlo si saben que el Islam de quien está obligado (o el forzado) no tiene valor en los juicios de la Última Vida, a la cual aspira cada musulmán?!

Con respecto a la revelación de la Aleya anterior; se dijo: que un hombre de los Ansâr [Auxiliadores del Profeta
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él)] de (la tribu de) Banû Sâlim Ibn ‘Awf tenía dos hijos cristianizados antes de la misión del Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él); luego, se fueron a Medina con un grupo de cristianos que llevaban aceite, y encontraron a su padre, quien les dijo: “No os dejo hasta que abracéis el Islam”. Sin embargo, ellos lo rechazaron, y se dirigieron al Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) para juzgar entre ellos. Acto seguido, el hombre preguntó: “¡Oh Mensajero de Al-lah! ¿Acaso una parte de mí entrará en el Infierno mientras lo veo?”. Por lo tanto, Al-lâh reveló la Aleya siguiente: “No hay coacción en la práctica de Adoración…”, así que los dejó ir libremente[3].

Digno de notar es que el Islam hizo la cuestión de tener fe o no, de los asuntos relacionados con la voluntad del hombre mismo y su convicción interior, pues Al-lah dice: “así pues el que quiera creer, que crea; y el que quiera negarse a creer, que no crea.”[4]. El Corán llamó la atención del Profeta
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) a esta verdad, aclarándole que debía solamente comunicar la Da‘wa, pero que no tenía el poder de convertir a la gente al Islam, pues dijo: “¿Acaso puedes tú obligar a los hombres a que sean creyentes?”[5], dijo también: “No tienes potestad sobre ellos.”[6] Y: “Y si se apartan... No te hemos enviado como guardián de ellos, a ti sólo te incumbe transmitir.”[7]. Por lo tanto, queda claro que la constitución de los musulmanes rechaza absolutamente el acto de obligar a alguien a abrazar el Islam[8].

Y a través de poner en práctica esta verdad, fue demostrado que los musulmanes capturaron en una de las tantas batallas al jefe de los Banû Hanîfa: Zumâma Ibn Uzâl Al Hanafî, y no lo conocían. Así pues, lo trajeron al Mensajero
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él), quien lo mantuvo preso con él por tres días, presentándole el Islam diaria y noblemente, pero él rechazaba diciendo: “Si pides dinero, te lo darñe; si luchas, hazlo con sangre y si se te agracia, sé agradecido”. Por consiguiente, el Profeta (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él)) lo dejó libre. Entonces Zumâma se fue a una palmera cerca de la mezquita; y ahí, se lavó (realizó la ablución) y entró en la mezquita, luego dijo: “Doy testimonio de que no hay otros Dios sino Al-lah, y que Muhammad es su siervo y Mensajero. Oh Muhammad, juro por Al-lah que no había sobre la faz de la tierra una cara más detestada para mí que la tuya, pero ahora se volvió la más amada para mí. Por Al-lah, no había una religión más odiada para mí que la tuya, pero ahora se volvió la más querida para mí, y por Al-lah, no había un país más detestado para mí que el tuyo, pero ahora se volvió el más amado para mí. Tu caballo me tomó, y ahora quiero efectuar la ‘Umra (Peregrinación menor), ¿qué te parece?”. Así pues, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) le dio la buena nueva y le ordenó realizar la ‘Umra. Más tarde, cuando fue a La Meca, un hombre le preguntó: “¿Has apostatado?”. Contestó: “No, sino que he abrazado el Islam junto con el Mensajero de Al-lâh (la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él), y –juro- que no os llegará de Al-Yamama ni un grano de trigo hasta que el Mensajero lo permita”[9].

Por tanto, Zumâma abrazó el Islam sin presión ni coacción, sino que su religiosidad nació fuerte hasta el punto de que lo empujó a cortar los lazos con Qoraysh porque luchaban contra el Mensajero
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él), sacrificando así una fortuna inmensa que le llegaba por su comercio con ellos, y también sacrificando las importantes relaciones sociales con los nobles de Qoraysh.

Lógicamente, quien está obligado a hacer algo, se libra de ello apenas encuentra la ocasión adecuada para hacerlo; mejor dicho, empieza a sentir hostilidad hacia lo que se le obligó a hacer. Sin embargo, la historia no ha demostrado esto, sino que confirma que quien abraza el Islam, no oscila ni un solo segundo en defender esta religión que lo dominó completamente. Además de que las estadísticas oficiales indican que el número de los musulmanes esta en aumento constante, a pesar de toda la opresión que les toca y los factores de tentación a los cuales están expuestos.

Por otro lado, si calculamos el número de aquellos que murieron en las guerras proféticas –sea de los mártires musulmanes o de los enemigos-, y luego analizamos dichos números y los relacionamos con lo que ocurre en nuestro tiempo actual, encontraremos algo asombroso. Pues, el número de los mártires musulmanes en todas sus batallas en la época del Mensajero
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) –y eso a lo largo de diez años completos- alcanzó alrededor de 262 muertos, mientras que el número de las víctimas de sus enemigos, alcanzó 1022 muertos[10]. Así pues, el número total de los muertos de ambas partes, alcanzó solamente 1284.

Y para que nadie justifique eso diciendo que los ejércitos de entonces eran pocos, y por eso los muertos alcanzaron dicho número, he contado el número de los soldados idólatras en las batallas, luego he calculado el porcentaje de los muertos comparado con el número de los combatientes, así que he encontrado lo que mas me ha sorprendido; pues, el porcentaje de los mártires musulmanes en relación con los ejércitos musulmanes alcanzó solo el 1%, mientras que el porcentaje de los muertos pertenecientes a los enemigos de los musulmanes en cuanto al número de sus soldados es el 2%, y así el promedio de los muertos de ambos grupos es solamente el 1.5%.

Estas proporciones pequeñas en muchas batallas –que alcanzaron las veinticinco o veintisiete conquistas, y treinta y ocho tropas (compañías)[11], es decir más de sesenta y tres batallas –es una de las pruebas más sinceras sobre el hecho de que las guerras no eran sangrientas en la época del Profeta
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él).

Y para que la imagen resulte aún más clara, he calculado el número de los muertos en la segunda guerra mundial –como ejemplo de las guerras (civilizaciones) modernas-, de modo que he encontrado que el porcentaje de las víctimas en dicha guerra civil, alcanzó el 351% - comparando con el número total de los soldados participantes en los ejercito (más del triple)- , y los números no mienten. Pues, en la segunda guerra mundial, participaron 15.600.000 soldados, y a pesar de eso, el número de los muertos alcanzó los 54.800.000, es decir, tres veces más de los ejércitos participantes. Y la explicación a este aumento, es que todos los ejércitos participantes –sin exclusión- realizaban guerras de exterminio contra los civiles, tirando miles de explosivos sobre las ciudades y las aldeas seguras; exterminando así a los hombres y aniquilando a la raza humana, aparte de destruir la infraestructura y la economía y desplazando a los pueblos.

Sin embargo, más fácil que indagar en las guerras y sus causas al principio del Islam para abarcar esa verdad, es echar una ojeada general al mapa del mundo en el tiempo actual para comprender que la espada no tiene nada que ver con la difusión de esta religión; ya que los países donde ocurrieron menos guerras del Islam, son los en que hoy en día reside la mayor parte de los musulmanes del mundo, y son los países de Indonesia, la India, China, las costas del continente africano y lo que las sigue de llanuras de los amplios desiertos. Pues, el número de los musulmanes ahí, es casi trescientos millones; y no ocurrieron sino pocas guerras entre los musulmanes y los pertinentes a esos países, lo cual es inútil en cuanto a convertir a miles desde su religión en millones. Y al comparar esos países con los que las conquistas de los musulmanes que se dirigieron a ellos por primera vez al comienzo de la Da‘wa islámica, que son Irak y Sham, observamos que el número de los musulmanes en ellos hoy en día, no supera los diez millones, entre los cuales viven quienes eligieron mantener su religión de cristianos, judíos, idólatras y semi-idólatras[12].

El historiador francés Gustave Le Bon dijo en su libro “La civilisation des Arabes”, o “La civilización de los árabes” hablando sobre el secreto de la difusión del Islam en la época del Profeta
(la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él) y en los tiempos de las conquistas después de él: “La historia ha demostrado que las religiones no se imponen por la fuerza, y –entonces- el Islam no se ha extendido mediante la espada, sino a través del mero llamamiento (a ello). Y mediante el mero llamamiento, lo abrazaron los pueblos que oprimieron a los árabes recientemente como los turcos y los mongoles; además, el Qor’ân se extendió en la India –donde los árabes no eran sino pasajeros- hasta el punto de que el número de los musulmanes aumentó a cincuenta millones[13]. Y el Islam no fue de menos difusión en China donde los árabes no conquistaron absolutamente ninguna parte de ella….”[14].

Entonces el Islam invadió los corazones y conquistó las almas. Y si la espada puede abrir una tierra, seguramente no puede abrir un corazón.



[1] As∙Safadî: Al wâfi bil wafyât 1/2240.

[2] [Sura Al-Baqara (La Vaca) 2: Aleya 256].

[3] Véase: Al Wâhidî: Asbâb Nuzûl Al Qur’ân (Los motives de la revelación del Corán), pág. 52, 53 y As∙Suyûtî: Lubâb An∙Nuzûl, pág. 37.

[4] [Sura Al-Kahf (La Caverna) 18: Aleya 29].

[5] [Sura Yûnus (Jonás) 10: Aleya 99].

[6] [Sura Al-Ghâshiyya (El Envolvente) 88: Aleya 22].

[7] [Sura Ash·Shûrâ La Consulta 42: Aleya 48].

[8] Véase: Mahmûd Hamdî Zaqzûq: Haqâ’iq islâmiyya fî muwâÿahit hamalât at∙tashkîk, pág. 33.

[9] [Al Bujârî (4372)] [Muslim: Al Ÿihâd wa As·siyar (1764).

[10] Para calcular esos números, he dependido de lo que fue citado primero en los libros de los Sahîh, la Sunan y los Musnad, y luego las narraciones de los libros de biografías, después de autenticarlas, como la biografia de Ibn Hishâm, ‘Uyûn Al Azar, Zâd Al Mi‘âd, As·sira An·nabawiyya de Ibn Kazîr, At·târîj de At·Tabarî y otros.

[11] Ibn Kazîr: As·sira An·nabawiyya 4/432, Ibn Qayyem Al Ÿûziyya: Zâd Al Mi‘âd 1/125 e Ibn Hazm: Ÿawâmi‘ As·sira 1/16.

[12] ‘Abbâs Mahmûd Al ‘Aqqâd: Haqâ’iq al Islâm wa abâtîl jusûmuh (las verdades del Islam y las falsedades de sus adversarios), pág. 169 y 170.

[13] Esto era en el tiempo cuando Gustave Le Bon escribió su libro, pero en el año 2008 d.C., los musulmanes en la India alcanzaron los 238 millones de personas.

[14] Gustave Le Bon: La civilisation des Arabes, pág. 128, 129.


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